Después de concebir la idea de publicar con dignidad una revista asidonense, tras reunirnos un animoso grupo de gente empeñada en llevarla a cabo, una vez distribuidos los trabajos, cuando el escollo de la financiación se erige aún como el mayor peligro de nuestra singladura, caímos en la cuenta de que todavía quedaba la labor de ponerle nombre. Y no resulta fácil la tarea de bautizar una revista, lo mismo que es en extremo complicado para unos padres ponerle nombre al niño que está próximo a nacer. Porque es en esa decisión donde los progenitores verdaderamente se la juegan. Que llamen al vástago así o asá y ya verán de qué manera se les atraviesa el crío a todos aquellos a los que no les guste el dichoso nombre, comprobarán de qué forma se convierte éste, antes que en apelativo, en un castigo con el que la pobre criatura deberá cargar durante el resto de sus días.
Así pues, procurando sortear este peligro, completamos ese largo inventario del que fuimos tachando todos aquellos que resultaban malsonantes, relamidos, fatuos o resueltamente pretenciosos. Sabíamos, eso sí, que el nombre de nuestra revista, igual que toda ella, debía estar estrechamente ligado a nuestro pueblo, pero sin que nos fuéramos a despeñar por ello por la pendiente grande del más empalagoso chovinismo. Fijado ese norte, pues, de que el título de nuestra revista tuviera el sabor y el aroma de Medina Sidonia, de su cultura y de esa historia suya de la que nos sentimos orgullosos y herederos, pero sin olvidarnos de que queremos abrir con ella nuestras puertas y que nuestra voz llegue cuanto más lejos mejor, descartamos nombres como Arco de la Pastora o Puerta de Belén, que difícilmente dirían algo a lectores foráneos; rechazamos otros tal que Cristo de la Sangre o Santos Mártires que, manteniendo las señas de identidad, podrían otorgarle la falsa apariencia de un boletín parroquial o de un folleto cofrade; desdeñamos por manidos los históricos Sidón, Sidueña, Sidonia, Asido, Assido y hasta Asido Cesarina habríamos apartado si hubiese hecho falta; descartamos también los que rezaban Alameda (no queríamos ser acusados de plagio), El Cerro (demasiado agreste), Cabeza del Toro (alentador del chiste fácil), Torrestrella (la firma ganadera se nos había adelantado), Cerro de las Madres (¿sonaría a algo así como a hijos desaparecidos y plazas de mayo?), La Pedrera (manifiestamente tosco), El Caminillo (por connotaciones de falsa modestia), El Castillo (demasiado genérico y puede que hasta bastante encerrado en sí mismo).
En definitiva, descarta que te descarta, se nos quedó al final este luminoso de Puerta del Sol que, respetando el principio de ser algo nuestro (aunque luego nos copiaron el nombre en la capital del Reino para la más famosa de las suyas), estimamos que transmitía una idea de apertura y grandeza. Además de que el nombre del astro, aparte de su imagen de vida, nos retrotraía a la antigua fundación de las ciudades, cuando el eje de rotación de aquél y el camino que a diario recorre señalaban cardo y decumanus, las dos vías principales que servían de base a todo trazado urbanístico (Medina Sidonia también le es deudora del suyo). Pensamos que nos conectaba ese nombre con un pasado histórico, cultural e incluso cósmico que se remontaba hasta el primer amanecer civilizador de los tiempos, a la vez que nos proyectaba, siquiera esperanzadamente, a un futuro de bocanada de aire fresco y luz, de voz clara y palabra compartida que es el que queremos para nuestra revista, y que precisamente por eso se lo hemos puesto.
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