Relato
UN PERCANCE
SIN IMPORTANCIA

Ramón Pérez Montero

No será que no te lo advertí, Juanele... Mira que te lo dije... Que no fueras a salir, Juanele... En cuanto te vi que te tirabas a la plaza y que te metías a trompicones en el jodido burladero, no me faltaron ganas de ir en busca tuya... Y si me lié contigo a voces y no fui a cogerte entonces de la tirilla de la camisa y a sacarte a rastras hasta la calle, fue porque estaban a punto de abrir ya la puerta de los chiqueros... De eso mismo te valiste, canalla...

Y no le faltaba razón a Omingo, el Jefe de los municipales, en todo lo que le recriminaba. Porque era verdad que desde que lo vio y se percató del estado de embriaguez en que se encontraba, ya sabía que aquello no iba a acabar bien. Que a Juanele, el limpiabotas, le tenía que ocurrir algún percance como le diera por ponerse de aquella manera delante de la vaca. Y desde luego que Juanele no se había bajado al ruedo, y no había permanecido dentro de aquel burladero expectante como un perro emboscado, esperando otra cosa que no fuera el preciso momento de salir.

No era la primera vez que el limpiabotas se plantaba delante de la vaca a cuerpo limpio y completamente borracho. Todos los años, todas las ferias lo hacía. Disfrutaba él y, mientras otros mozos mantenían ya con la vaca una lucha mítica sobre la arena del inconsciente colectivo, disfrutaba también ese público que no paraba de jalearlo para que saliera a dar brincos frente a los cuernos del animal. Omingo, el Jefe, en la que fue una más que merecida reprimenda después de que aquella tarde hiciera caso omiso a su vociferante prohibición, no le agregó encima, como hubiera sido su deseo (esa forma en cierto modo tonta de deseo que de alguna manera viene a paliar las insatisfacciones que produce la ingobernable realidad), que de milagro se había librado entonces de un sonoro guantazo por el solo hecho de bajarse al ruedo, porque de sobra sabía que ahora, a todos los que lo escuchaban formando un corro en torno a ellos dos, curiosos en su totalidad, no les sería demasiado difícil imaginar que no es que al Jefe no le habría dado tiempo a llegar cruzando por el medio de la plaza, como él mismo declaró, hasta el lejano burladero en el cual el limpiabotas se encontraba antes de que abrieran la puerta de toriles, sino que todos estarían de acuerdo en que el verdadero problema se habría presentado a la hora de tener que introducirse con su panza a toda velocidad en aquel estrecho refugio de mampostería en el más que probable caso de que soltaran a la vaca en tanto que se estuviese ocupando de remediar males mayores. Pues Omingo, el Jefe, obligado es decirlo, cargaba con una enorme pompa de grasa que pendía por encima del dique metálico de la hebilla de su cinturón, de aquel cinturón blanco y resquebrajado, agobiado de guardias y trienios, que a duras penas lograba abarcar la chaqueta azul de su descolorido uniforme. Omingo poseía además, y a Juanele no le resultaba extraña, una mano descomunal, una mano que abierta y proyectada con cálculo y con toda la violencia que en el interior de aquel inmenso vientre en esos momentos de furia se arremolinaba, de quererlo, podría hacer volar la cabeza de los hombros del limpiabotas lo mismo que si se tratara del sombrero de paja de un desvencijado espantapájaros. Esa mano justiciera, Juanele la había probado ya.

La había probado ya porque tampoco era la primera vez aquella que el limpiabotas osaba contravenir un airado consejo de Omingo. Porque Juanele, como aquél exclamaba en cada ocasión, perdía siempre el control con la mierda el vino. Aunque esto, dicho sea desde la más estricta imparcialidad, no era por completo la verdad. Pues Juanele no era uno de esos borrachos que se valen del alcohol para facilitarle la salida, desde la mazmorra interior, a ese otro ser amargado y resentido contra el mundo en general que, mientras permanecen sobrios, se resigna a aguardar agazapado y oculto. Uno de esos beodos oscuros que después de deambular por todas las tabernas acaban indefectiblemente enzarzados en una pelea, o caídos de la forma más miserable en el charco de su propio vómito, a las tantas de la noche. No. Juanele mantenía con el vino una relación limpia, jovial, fervorosa. Un vínculo que, en todo punto semejante al comportamiento de un devoto de cualquiera religión natural, le propiciaba los momentos luminosos de sus particulares éxtasis místicos. Y así, Juanele, cuando se emborrachaba, y procuraba hacerlo con el puro entusiasmo y con mucha mayor frecuencia de la que los exageradamente piadosos comulgan, acostumbraba a alcanzar estados de lucidez que no sólo lo hacían mucho más gracioso de lo que ya de por sí fresco era, sino que además, según bebía, como el poeta que inspirado por la divinidad construye los más sencillos y a la vez más prodigiosos versos, se iba transformando en ese ser ocurrente y desbordante de ingenio que casi rozaba a veces las cimas de la genialidad.

A partir de ese momento supremo, como no podía ser de otra manera, se producía un vertiginoso descenso espiritual, una irremediable caída en el pulso de su exaltado ánimo que, del mismo modo que el místico que se ve obligado a abandonar en contra de su voluntad el estado perfecto de la gracia, dejaba toda aquella bienaventuranza en un poso más bien agrio y especialmente turbio. Pero Juanele, entonces, como alertado por un mecanismo de su singular biología, o igual que uno de esos personajes de cuentos infantiles que, a partir de un preciso momento, sólo atienden ya al mandato ineluctable de estar a determinada hora de vuelta en casa, se echaba a andar a tumbos por las aceras desiertas en busca del sucio habitáculo que le servía de vivienda, y se echaba a dormir sin más sobre su duro jergón hasta que los bocados del hambre y los clavos de la resaca lo despertaran. Y justo en esos momentos de retirada era cuando en más de una ocasión había tenido la mala suerte de tropezarse con Omingo, quien entonces lo miraba de arriba abajo en ese estado lamentable y no tenía más remedio que decirle lo de ¡no te hartas, Juanele, de hacer gracias! A lo que Juanele, desprovisto ya de la protección que su lucidez mental le otorgaba, como entonces sí que no era dueño de sí, sólo acertaba a responderle la primera paparruchada que se le venía a la boca, tras de lo cual, Omingo, sin poderse contener, antes de ordenarle que se quitara de la calle cuanto antes, le daba algún que otro comedido guantazo más que nada para que se fuera despabilando.

Si todo aquel que consagra su vida a la sublime aspiración de contemplar aunque sea por unos minutos el rostro de su dios es consciente de que, antes que nada, es preciso pasar durante años por el difícil trance de la que ellos mismos llaman vía purgativa, etapa esta de enormes privaciones donde se obliga al cuerpo al abandono de todas las apetencias mundanas, y durante la cual nunca está de más castigarlo físicamente con la única finalidad de que la mente se vaya liberando de las firmes ataduras de la realidad, también los delirios vinarios de Juanele tenían sus prolegómenos en un rígido y prolongado período de ascetismo. Aunque en su caso más bien por pura necesidad que por un voluntario deseo, ya que, copas aparte, ni la ganancia diaria daba para una alimentación que fuera más allá de la estricta subsistencia, ni le recordaba nadie al desaliñado limpiabotas otra relación con mujer que la de aquellos cuatro o cinco años primeros de su vida hasta que su madre por desgracia le faltó.

Y si durante todo el año sus ocasionales clientes accedían a que éste les procurara, a cambio de una mísera propina, una somera capa de esplendor a los zapatos (y más que nada por escucharlo hablar mientras la frenética operación se desarrollaba), en los días de feria, el trabajo, como era normal, se le multiplicaba.

Y así, durante toda esa mañana de domingo de aquella tarde fatídica de la corrida, a pesar de que el polverío que se levantaba en aquellos resecos suelos de tierra donde la feria se insta-laba hacían de lo más superfluo ese gasto, habían sido muchos los que no habían puesto demasiados inconvenientes a que Juanele se arrodillara a sus pies con ese negro cajón sobre cuya tapa sobresalía un apoyo de madera con la silueta de una planta de pie, y dentro del cual guardaba la manteca sin sal, la grasa de caballo, una vieja brocha, el frasco de tinte para los desconchones, varios rizados tubos de betún de los distintos colores, multitud de trapos rotos y el negro cepillo, con los que untaba, extendía o sacaba brillo según requería el estricto protocolo del lustre. Por tanto, aquel singular místico de la ocurrencia chispeante y del vino peleón no tuvo muchos problemas para apartar el dinero de la entrada a la capea, y recorrer, con el resto de la recaudación y según se lo iba embolsando, el alegre camino de enajenación de otra de sus particulares borracheras a lo divino, la que aquella misma tarde desembocó en uno de los más famosos y dolorosos golpes que a él se le recuerdan.

Puede que a su atracción por el peligro que representaba ponerse en aquel estado delante de la vaca hubiese que buscarle el origen en alguna primitiva y perdida ramificación de su curiosa textura genética. O bien fuera posible que la raíz de su afición se alimentara en el fértil substrato mitológico sobre el que se suele sustentar el aparato de toda liturgia religiosa, pero lo cierto y lo fijo es que a Juanele, según dictaminó Omingo con razón, en cuanto vio que estaban a punto de abrir la puerta de chiqueros y que por lo tanto nadie lo podría detener ya, le faltó tiempo para abandonar su asiento en el abarrotado graderío y descolgarse por la pared hasta la arena del ruedo, para, una vez en éste, correr a la velocidad que la madeja de sus piernas se lo permitían en busca de provisional amparo tras el burladero más cercano a él, y también lo más retirado posible del sitio donde su implacable antagonista se encontraba. No es que Omingo fuera una especie de demonio y ni tan siquiera uno de esos malvados literarios cuya única razón de ser estriba en estar siempre ahí para arruinar los proyectos del héroe, pero sí que por un capricho de ese destino que los hizo coincidir a ambos en una misma época, aquel orondo e incansable representante de la ley y el orden parecía empeñado en ejercer sobre el travieso limpiabotas una opresiva vigilancia en cuya raíz no estaban nada claros los límites entre un aparente propósito de protegerlo y el constante deseo de hacerle en todo momento la puñeta.

Sólo una cosa es clara: si Juanele le hubiese hecho caso a Omingo cuando éste quiso detenerlo con sus voces, entonces se habría quedado quieto donde estaba, y habría prestado oídos sordos a todos los que, desde sus localidades, apenas lo vieron saltar, no pararon ya ni un instante de corear su nombre y de animarlo para que se pusiera de una vez frente a los cuernos de aquella vaca de propina para el público que cerraba el espectáculo. La cual, enfurruñada por la paliza que acostumbraban suministrarle todos los mozos que se lanzaban sobre ella para dar rienda suelta a sus cohibidos instintos tribales en una suerte de semicivilizada ceremonia iniciática que se renovaba cada año, llegaba el momento que no estaba ya para tolerar ni una broma más. No hubiese salido del burladero como finalmente el limpiabotas salió para que todos los que se encontraban en el ruedo se apartaran, y lo dejaran a él solo frente a aquel malencarado y jadeante animal que, reculado contra la puerta de toriles, no fue descubrir a ese extraño hombrecillo con gorra que a pecho descubierto y haciendo extrañas mojigangas no paraba de aproximarse, comenzó a escarbar en la arena con las pezuñas de sus patas delanteras a modo de advertencia, y dejando escapar a la vez fuertes resoplidos por los agujeros de sus narices plenas de excitación. Si Juanele hubiese mirado para atrás cuando todavía estaba a tiempo, habría podido comprobar que Omingo, con su voz apagada por el griterío generalizado, aún no cejaba en su empeño de hacerlo desistir para que no siguiera acercándose, para que se diera cuenta de que la vaca no estaba ni mucho menos rendida, sino esperando que él se aproximara a un punto de no retorno en el cual la salida de urgencia de correr en busca del burladero para escapar de la embestida estuviese por completo fuera de su alcance.

Pero en esos momentos ya nadie podía pararlo porque Juanele era ahora un ser por completo arrebatado y extremadamente feliz haciendo reír a la gente con su baile de San Vito delante de los ojos turbios de la vaca, mientras miraba al tendido con su rostro lleno de alegría. Y así continuó hasta que el cálculo vacuno de las distancias no determinó que ya aquel infeliz no tenía la menor posibilidad de escapatoria, y fue justo entonces cuando, con las fuerzas renovadas tras el breve respiro, el animal atacó con toda su alma para encajarle al limpiabotas un terrible golpe de testuz justo en el momento en que, presa del alcohol y del miedo, intentó éste zafarse de la acometida dando marcha atrás y no consiguiendo sino caerse de culo para colocar a tan desgraciada altura la boca que acaparó ésta toda la violencia del impacto. Cuando entre varios pudieron rescatarlo al fin de la arena para que el animal no siguiera cebándose con él, y desde ahí lo llevaron en volandas con mucha urgencia hasta el patio de cuadrillas, lugar en el que se encontraba ya el practicante de guardia y al cual se dirigió Omingo también con la idea de entrecogerlo, Juanele venía con los brazos desmayados, los ojos vueltos y, conforme respiraba, no podía evitar que se le escapara un gorgoteo de sangre por el negro agujero de su boca. Boca por entre cuyos labios enharinados de tierra introdujo el practicante sus dedos limpios con la intención de determinar el alcance de los daños hasta llegar a un rápido diagnóstico:

– Aparte de otras magulladuras de menor importancia, ha perdido por lo menos tres dientes y un colmillo.

Lo cual constituía una considerable merma dado que eran ya bastante escasos y con negrísimas nidadas de caries los que, antes de aquel serio encontronazo, al pobre de Juanele le quedaban.

– ¿No te da nada, Juanele?... Que no te hartes tú nunca de hacer gracias con la mierda el vino... Y mira que no será porque no me haya cansado de darte voces...

El eco de las graves y reiteradas admoniciones del Jefe debieron descender entonces, no sin bastante dificultad, hasta el fondo del pozo donde se encontraba caída la conciencia del limpiabotas, pero, apenas éste las oyó, el amasijo de sangre, sudor y arena que era su rostro parece que comenzó a recobrar vida, en tanto que se contraía para reprimir las ganas de soltar el enorme grito de dolor que le estaba subiendo por la garganta, ya que, dadas las circunstancias, y teniendo en cuenta la temible proximidad de la mano justiciera de Omingo, su atolondrada cabeza intuyó de golpe que lo último que debía de hacer entonces era quejarse.

– Mira que te lo avisé, Juanele..., que no fueras a ponerte delante de la vaca..., que ganas no me faltaron de ir en busca tuya y sacarte a rastras de detrás del burladero... Dime, dime ahora quién te va a devolver los tres dientes..., anda dímelo, gracioso, que no te vas a hartar nunca tú de hacer gracias...

Tal vez el efecto del mismo testarazo que le arreó la vaca, o cosa del dolor que le producía la pérdida traumática de las tres o cuatro cariadas piezas dentales, o ambas cosas unidas al incuestionable hecho de llevar todo un ajetreado día de feria casi sin probar bocado, fuera lo que actuó a modo del flagelo que usaban los místicos para el maltrato corporal a fin de que se les iluminara la mente, pero en ese momento, y todos los allí presentes estaban de testigos, fue cuando aquel piadoso del mollate, aquel devoto del mostagán, puso cara de completo arrobamiento para responder:

– Por los dientes ni se preocupe usted, Omingo, que es mucho el tiempo que llevaba queriéndomelos sacar.


(c) Marzo del 2002. Todos los derechos reservados
Webmasters: Noelia Gutierrez Galera y Sergio Alonso