Poemas
Manuel Fernando Macías Herrera

 

CORRESPONDENCIAS

Una mujer y una muerte
nos corresponden
y una hogaza de pan
y un instante
donde negar
las primeras partes
de cualquier poema.
Una piedra, un dolor, un desencanto
un cachito, una astucia, un frigorífico,
una tarde de playa y unas braguitas
o un resplandor de leñas entre la hoguera.
Un amigo, un hermano o un patinete
una lanza un costal y una peonza
un verde prado, una montaña
de restos marchitados en el camino.
Unos labios una boca una lengua
tan viva como los doce espíritus
del cielo,
una capacidad, un intelecto,
un dormir de reses entre las rejas.
Una cárcel, un naipe, una fotografía
encontrada en las páginas de una revista:
un acorde perfecto, una memoria
que recuerde la máquina de aquel retrato.
Una vieja, un candil y una hemeroteca
de noticias vaciadas en las borracheras
una pistola un tanque, una desgracia
y un pezón , un móvil,
un resto de odio,
un póquer perdiendo
también la ropa.
Un reencuentro, una voz
una extranjera,
una mentira en ti sin encontrarla
una esperanza y tú -vienes de lejos-
y una victoria que pasa
entre los despojos
de sus tarjetas.

Una brisa helada, una alcantarilla,
un puto cumpleaños
una derrota.
Un pájaro amarillo que teclea
las impertinentes letras de ayer.
Una mujer que pasa,
un niño enfermo
una salud de roble
que apenas
siente
la insondable navaja
del compañero
y una mano, una raya, y un transeúnte,
y una extraña esperanza como el que juega
a perder o ganar.
Nos corresponden
mientras el sol escribe su diario
-creerá que es eterno-
sobre la arena.

 


FRANCISCO GÓMEZ, DIFUNTO 21

Frente a la tumba de este desconocido
pienso
si merece la pena haber vivido,
haber vivido como él,
de la misma forma que vivo yo
o haberse muerto,
haberse muerto de muerte natural o de asco,
creyendo más o menos cosas
o empeñado el sueldo humilde

en un coche de tecnología punta alemana.
Porque todas esas letras ya no dicen nada
ni acerca de Francisco,
ni acerca de los Gómez,
ni acerca del Wolfswagen familiar;
ni hablan del sueño que empeñó al morirse
ni de todos esos cabos sueltos que nunca
se amarran,
ni del momento en que se sorprendió,
quizá con gesto estúpido,
muriéndose de repente.
Porque no debe quedar buena cara
en ese instante,
en el justo instante que realmente mata,
que mata para siempre,
no como el de ahora,
de ahora de escribir,
que sólo amortiza.

Digo el que mata definitivamente,
que debe ser como sentarse en un pupitre
el primer día,
rodeado de compañeros sin rostro,
de compañeros sin cuerpo,
de compañeros cuyos nombres no dicen
nada acerca de ellos.
Ese instante justo antes de romper a llorar
dolorosamente,
antes de clamar por la madre que ya está
de compras,
antes de lanzarse contra el maestro
para arañarle las muñecas.
Ese inocente tiempo,
minúsculo,
que nos fotografía con cara de imbéciles,
con cara de novatos
mortalmente aterrados
y que tal vez nos llame con un número:
como a los escolares.

 


Desobedéceme mientras los ángeles

Desobedéceme mientras los ángeles
llenan el cielo de arpas y leches
mientras los trenes se agarran
con el miedo
de atropellar los cerrojos
en las estaciones
desobedéceme y no caigas
en la cuenta de la alegría
del trabajo bien hecho
esas memeces que suben
el color a los muertos vivientes
que cuando la trata de blancas
esté en su cenit
tú y yo seremos sin ser esclavos
agarrados al árbol de las grietas
desobedéceme y no escribas cartas
de odio a los ojos de mi sangre
o escríbelas pero desobedece
a la desobediencia si te hace falta.

 


Cayó al suelo abatido

Cayó al suelo abatido
por el plomo (medio centavo
de dólar por bala).
Le bajó el azúcar.
Le subió la muerte.
Medio centavo.
Un hombre.

 

RETRATRO DE FAMILIA

Vinieron las jóvenes amantes de los camareros
los rosados mariquitas que podaban las macetas
los hermanos menores de oscuros funcionarios
los perdidos románticos del placer y de la fuerza.

Vinieron los espíritus de los muertos de asco
las miradas insolentes de los niños callejeros
también los basureros con el temor de nunca
poderle estrechar la mano a los demás.

Vinieron los esclavos de las libertades
las rojas muchachitas de las revoluciones
los verdes transeúntes del parque sobre el mar
y las viejitas violadas cuando adolescentes.

Vinieron los amigos del bosque de los locos
y también los poetas que sabían disparar
vinieron los sonámbulos con traje de noche
para ver si el espectáculo tendría fin.

Vinieron los cisnes que ayer degollamos
las canas plateadas de algunos ancianos
vinieron las mujeres viudas y enlutadas
para presentar la moda otoño-invierno-muerte.

Vinieron las heridas de los ametrallados
hablando por sus bocas pintadas de sangre
y los resucitados que nunca habían muerto
y los amortajados con sus propios pañales.

Vinieron sonrientes limpios y muy cuidados
para inmortalizarse en el álbum de la Historia
pero el fotógrafo manco les dijo a todos
que el último carrete se había velado.

 


Tus palabras eran una banda armada

Tus palabras eran una banda armada
y los demás creyeron que no era bastante.
Te quedaste solo rodeado de nombres tuertos
y de preposiciones. Ellos asaltaban los caminos.

Dijiste sangre mientras ellos mamaban.
Dijiste violencia mientras ellos cumplían
para vencer retrocediste un paso.
Y por no perder resististe.

Tus filas ahora se van llenando
de soldados sin lengua -eran de plomo-
que ven el mañana como un calcetín
que solo admite darle la vuelta.

Tus palabras son una banda armada
un comando sin miel y sin arrepentidos.


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