Señor, Vd. no me conoce. Cuando Vd. llegó a esta Sección yo me encontraba en ella desde hacía varias semanas y, hasta la presente, como si Vd. lo estima pertinente puede comprobar, no me he atrevido a importunarlo con ningún tipo de queja. Ya he oído, porque también aquí acabamos por conocernos todos y al fin y al cabo todo se comenta, que en esa fecha Vd. era, sin haber cumplido aún los cuarenta, una consolidada realidad dentro del mundo de las finanzas, y con el mérito añadido, además, de haber comenzado solo y desde muy abajo. Todos aquí, aunque Vd. replicará que quien más lo sintió fue Vd. (¿qué me va a decir a mí?), nos llevamos un gran disgusto cuando nos enteramos de su trágica y prematura muerte en accidente de tráfico, justo cuando estaba a punto de conseguir el mayor sueño de su vida: convertirse en presidente del club de fútbol de su ciudad. Pero también le tengo que confesar que, de inmediato, esa tristeza de los primeros momentos, y la consiguiente desesperación que significa soportar día a día este castigo eterno, fueron borradas por el contento de saber que una persona de su valía y de su prestigio venía derechito para acá. Como ve, yo sí conozco muchos detalles de su vida, pero ni contárselos es mi intención, ni quisiera dilatar con ello por más tiempo el verdadero y único motivo que justifica la presente.
Yo, permítame que le diga, fui panadero de profesión y, tras mucho perseguirlo, conseguí finalmente casarme con esa mujer con la que estaba encaprichado casi desde que ambos éramos niños. Desconozco si a Vd. le ha pasado en su vida algo similar, pero le aseguro que difícilmente puede haber alguien que no pique en tan delicioso y esquivo señuelo de años y años de total indiferencia, pues en honor a la verdad he de confesarle que ella me hizo sufrir lo mío con varios novios que tuvo aunque por fortuna para mí con ninguno de ellos cuajó. Total, que el día que finalmente me acerqué con ella al altar, en realidad estaba dando yo (sin saberlo), claro, los primeros pasos hacia este lugar en el que nosotros, hoy, cada uno en su sitio, por desgracia nos hallamos. Y no es que ella fuera mala, qué va, no se vaya usted a creer. Pues al principio, en contra de lo que yo mismo me hubiera llegado a imaginar, se mostró muy atenta conmigo. Me ayudaba a recentar por las madrugadas sin que yo se lo tuviera que pedir, e incluso agarraba el hacha para trocear la leña cuando era preciso. Y esto no era todo, porque, además de que sabía sacar tiempo para tener la casa reluciente, la comida a sus horas, la ropa primorosamente planchada, los zapatos limpios y la cama siempre hecha, encima, en el transcurso de la mañana, me vendía el pan mientras yo me reponía del esfuerzo de toda la noche. ‘¡Vaya joya de mujer que encontraste, panadero!’, me decían a voces las viejas clientas que entraban en nuestro despacho mientras que yo terminaba de faenar en el horno contiguo. Y yo, desde allí dentro, no podía hacer menos que sonreírles y asentir con la cabeza para mostrarles mi total acuerdo. Ella, mientras tanto (sin mudar el semblante, pues no le miento si le digo que todo lo que tenía ella de belleza y de frescura le faltaba de simpatía, para qué vamos a engañarnos), se limitaba a preguntarles a unas y a otros lo de ‘qué se va usted a llevar’, y punto en boca. ‘Aunque siendo cariñosa conmigo...’, solía tratar de convencerme yo a mí mismo, aunque conmigo, cariñosa, lo que se dice cariñosa, en verdad tampoco nunca lo fuera.
Pero no tardó en llegar el asunto que dio pie a mi desgracia. Todos hemos sido jóvenes y solteros. Todos hemos tenido amigos de toda la vida. Todos hemos disfrutado sin pensar en la faena del día siguiente las noches que han venido bien. Todos, una vez casados, hemos estado dispuestos a revivir viejos tiempos si se tercia la ocasión. Y, dado que los domingos no había pan, y no pude por tanto poner ante los amigos el trabajo como excusa, la ocasión se terció ese fatídico sábado en que uno de aquellos indomables trasnochadores (estoy convencido de que tarde o temprano caerá por aquí, ya Vd. lo verá), bautizó al primero de sus hijos: “¡y tú a ver cuándo te animas, maricón!”, “¡y tú a ver cuándo nos demuestras que tienes engalladura!”, “¡y tú a ver cuándo vas a hacer tu contribución al índice de natalidad!”, recuerdo que no paró de bombardearme aquella misma noche, borracho de alegría por la recién estrenada paternidad. Pero lo peor de todo fue que Loreto, mi mujer, no tuvo ganas de acompañarme a dicha celebración por encontrarse algo indispuesta, cosa esta que, por otro lado, tenía yo pruebas de que era en ella algo bastante habitual. Y bien que lamenté su ausencia, porque, de haber venido conmigo, ella hubiera podido rescatarme de las manos como tenazas de mi amigo, y de los brazos sordos del padrino, y de la insistencia de todas esas antiguas amistades que, bajo el lema común de ‘esta noche no tienes que amasar, panadero, y por lo tanto te quedas hasta que nosotros queramos’, se arrojaban uno tras otro sobre mí, dispuestos a evitar que me escapara, nada más miraba el reloj y volvía a repetir aquello de ‘bueno, amigos, me marcho, que es muy tarde y la mujer anda algo malucha’. Y ya me dirá Vd. quién se iba entonces.
Seguro que de no haber llegado yo tan borracho a mi casa el susto no hubiese sido tan grande. Pero es que aquella madrugada Loreto me esperó despierta, con los ojos abiertos en la oscuridad del dormitorio, y agazapada sigilosamente entre las sábanas como una fiera salvaje, al parecer con el único propósito de dejarme helado en el momento en el que justo me encontraba de espaldas a ella en plena maniobra de colocar (con el mayor cuidado posible y manteniendo a duras penas el equilibrio a fin de no caer estrepitosamente encima de la cama) el pantalón en el perchero tras habérmelo quitado de pie. ‘Te he escuchado desde el primer momento que entraste por la puerta de la calle, y sé perfectamente la hora que es’. Y ahí se calló y no dijo nada más. Esto último fue sin duda lo peor de aquella maldita noche, pues mi escaso conocimiento súbitamente me avisó de que el horrible silencio que siguió a aquella frase cortante era el preámbulo de una bronca que, ya desde ese preciso instante, yo, como el culpable que asume su condena, estuve más que dispuesto a recibir. Pero es que en ese estado de expectación me tuvo casi dos horas despierto junto a ella, sin que yo me atreviera ni a moverme, no fuera a ser que un mal calculado tumbo hiciera saltar el resorte de su furia, y teniendo que procurar, mientras tanto, que el techo de la habitación dejara de dar vueltas de una maldita vez. Le juro que lo pasé fatal en esa larga batalla contra mi propio organismo para impedir, por todos los medios a mi alcance, que por la boca no se me fuera a escapar de golpe todo el torrente amarillo que mi estómago se mostraba incapaz de retener. Completamente desvelado y además sin atreverme a decir palabra, sintiendo como una inextinguible amenaza la respiración honda pero increíblemente serena y fría de Loreto. Creyendo incluso ver de reojo el brillo gatuno de la rabia en sus cuatro pupilas encendidas.
La segunda vez le aseguro que ni era tan tarde cuando volví ni llegué yo tan borracho como la primera. Vd. no tiene por qué creerme, pero le doy mi palabra de hombre de que yo no bebía sino muy de cuando en cuando y, si una que otra vez lo hacía, forzosamente debía de ser en la madrugada del domingo, por lo del pan, ya sabe. Además, para entonces, yo estaba convencido de que Loreto ya me había perdonado aquel primer desliz. Y es que a veces resulta imprescindible alternar con distribuidores o clientes. A veces, por muy tarde que sea, te tienes que quedar todavía un rato aguantando mecha aunque tú no quieras beber más. A veces te da tanto apuro decir que me tengo que marchar que una y otra vez te callas y no encuentras el momento de soltarlo. A veces no tienes ganas de escuchar de nuevo las bromas de los que creen que uno se quiere ir por el hecho de estar recién casado. A veces te dejas convencer por ti mismo de que en realidad no estás haciendo nada malo. Y entonces vas y te quedas. Y luego pasa lo que pasa. Pero si en la primera ocasión la trifulca que yo estuve esperando toda la madrugada se mantuvo en estado de tensa tregua hasta el instante en que los primeros rayos del sol entraron en el dormitorio, justo cuando yo no podía entonces arrancar ya el hierro grande que me tenían como clavado a la almohada por las sienes, y cada uno de los insultos de Loreto estalló entonces en mi cabeza como violentos martillazos sobre el hierro de un yunque, aquella segunda vez la reprimenda no se hizo esperar y, en cuanto puse el primer pie en el escalón de mi casa y me topé con la mujer furiosa que me estaba esperando detrás de la puerta, me vi violentamente arrastrado dentro de aquel imparable torbellino, prácticamente sobrio, ofendido y apenado como quien recibe un desmedido castigo que no cree de ningún modo merecer. Más me hubiera valido haber llegado borracho, me diría yo después. Pues fue precisamente esa prudente lucidez la que me contuvo para impedir que me enfrentara a ella con esa misma agresividad que aquella noche Loreto utilizó contra mí para destrozar, según aturulladamente se los iba poniendo por delante, igual que monigotes de papel en las manos de un niño, mis débiles justificaciones.
Desde luego que le iba a salir el tiro por la culata, acabé prometiéndome apenas ella se metió en el dormitorio dejando tras de sí el eco aplastante de un sonoro portazo, aunque más que nada, lo tengo que reconocer, para disimular la evidencia de mi derrota. Si ella quería guerra por supuesto que la iba a tener. Si la cosa se complicaba hasta el extremo de que se negara ella a ayudarme tanto en la casa como en el horno, que no me ayudara. Si, de prolongarse aquello, tenían que llegar los días en los que no me iba a encontrar ya dentro del ropero ni una sola camisa limpia que coger, me pondría entonces otra vez la misma, me animé. Pero lo que yo no estaba dispuesto a permitir era que fuese ella la que tuviera que otorgarme el permiso para salir de mi casa, ni que fuera ella quien determinara la hora exacta del regreso el día que me diese la gana de ir a echar un rato con los amigos. Entre pelea y pelea hubo tiernas reconciliaciones, para qué se lo voy a negar. Pero no sirvieron sino para incrementar, por lo menos en lo que a mí me atanía, la nostalgia del cariño a la hora de las recaídas. Confieso que la tercera salida la hice con premeditación y con la clara intención de demostrar, aunque bien es verdad que no sólo a ella, la solidez de mi autoridad. Llegué en aquella ocasión por los picos de los gallos, y con una borrachera grande pero amasada de forma muy artificial, y con la necesaria colaboración de esos extrañados trasnochadores que, por fuerza, tuvieron que adivinar en mi reiterada insistencia en la penúltima, un cierto tufillo de miedo al retorno.
Y llegué aquella otra madrugada tanteando las esquinas y con muchos nudos en la lengua, pero sosteniéndome con toda mi firmeza en la intención de no contestar otra cosa que ‘porque me ha dado la real gana’, con el gesto más cínico que mi rostro desencajado fuese capaz de componer. Pero todo el alcohol que circulaba por mi sangre se me agolpó de pronto en el rincón hondo de la pena cuando entré en casa y vi a Loreto sentada en una silla de la cocina, con el mismo traje del día anterior, y agarrada a un gemido tan largo que debía tener sus raíces en las primeras horas de angustiosa espera de aquella misma noche. Le juro a usted que llegué a pensar que, de haber estado encendido, me hubiese metido de cabeza en el horno del pan para achicharrarme allí dentro con toda mi maldad, si es que esto a ella le hubiera servido de consuelo, aunque, eso sí, nunca imaginando que el destino, ya usted ve, fuera a tomarme tan pronto la palabra. Y le rejuro que mil veces volví a desear aquella pena de muerte mientras me veía impotente para luchar contra aquella imparable hemorragia de llanto que yo mismo había abierto en su tierno sentimiento. Pero hasta que mis pensamientos no se hicieron palabras y hasta que, en el colmo del arrepentimiento, no se lo propuse a ella con toda sinceridad, arrodillado como estaba a sus pies y enredado aún en las densas telarañas de aquella juma, Loreto no me miró a los ojos y, como quien vuelve de las remotas regiones de un estado de trance, durante unos segundos sembrados de eternidad en los que vislumbré que lo mismo podía estar en los instantes finales de la hora de mi decapitación, que, por contra, en los primeros momentos de una nueva vida para el amor, tomó entonces mi cara entre sus manos heladas y me depositó un besó tierno en cada ojo. Todavía ahora, a pesar del tiempo y la distancia, puedo sentir en mis párpados aquel tacto húmedo e igualmente frío de sus mejillas que reavivan en mi interior el enigma de qué diablos quiso decirme con aquello.
Lo cierto es que a partir de entonces me impuse a mí mismo, de manera
voluntaria, no volver a salir nunca más de copas. Mi trabajo me costó,
pero llegué a hacerle entender a mi conciencia que era una canallada
por mi parte dejarla sola por las noches. Preferí estar ausente a la
hora de los sarcasmos de los amigos antes que faltar a los compromisos contraídos
ante el altar. Incluso creí que aquella fidelidad sería suficiente
para mantener el rumbo de mi matrimonio una vez enderezado éste, porque
quejas de otro tipo no podía tener Loreto de mí. Pero es que,
poco a poco y casi sin saber cómo, me encontré dándole
explicaciones de que el cuarto de hora de retraso del almuerzo se debía únicamente
a que había tenido que atender a esa buena clienta que siempre llega
en el momento de cerrar pero que quién la deja entonces sin pan. O tratando
de que comprendiera, por más que ella de una vez para otra lo sabía,
que las complicaciones de la última hornada habían sido las culpables
de la demora en el reparto a domicilio. O deshaciéndome en razones para
hacerle ver que, por mucha prisa que se lleve, tampoco se puede dejar a la
gente con la palabra en la boca encima de que te compran el pan. No le digo
a Vd. ya nada de pretender salir a comprar tabaco a última hora de la
tarde, ya con el sol puesto, o de la rareza de quedar citado a media mañana
en el bar de la esquina con este o aquel proveedor. La verdad es que, en cuestión
de meses, el cerco que yo mismo me impuse se había ido haciendo tan
estrecho, que me encontré clavando los puños cada madrugada en
los amasijos, y descargando en éstos aquella insoportable opresión
pareja a la rabia contenida, y el dolor de sentirme un maldito incomprendido
junto con las inmensas ganas de estallar. Sin duda yo debía hacer algo
espectacular y definitivo. No me imaginaba yo en aquel momento lo cerca que
me encontraba ya de aquí.
Recordé que, de pequeño, mi abuelo solía contarme un cuento
en el que un hombre casado con una mujer al parecer indomable, la misma noche
de bodas degolló delante de ella a un gallo, a su perro fiel y también
a su yegua según estos fueron haciendo caso omiso la orden del esposo
de que le trajeran un vaso de agua, cosa esta que él llevó a
cabo con el único propósito de atemorizar a su flamante cónyuge,
quien, a continuación, ante idéntico mandato del marido, no dudó ya
un solo instante en atender a su demanda. La variante que introduje yo en el
cuento fue la de colocarme al mismo tiempo en el lugar de la víctima
y en el papel del verdugo, pero, eso sí, con la clara intención
de que todo quedara simplemente en ese susto que la tendría que postrar
a mis pies envuelta en súplicas, y del que mi mujer debería sacar
sus propias conclusiones. Aproveché que ella me había dejado
solo un momento para ir a tender la ropa. Me subí entonces de pie a
una silla, pasé rápidamente la cuerda que tenía preparada
por encima de una viga del horno, y esperé con el lazo corredizo alrededor
de mi cuello a que ella entrara de nuevo. Y justo cuando vi que podía
hablarle ya desde esa altura desde la que seguro que durante un par de minutos
me tendría que prestar a mí toda su atención, fue cuando
le proclamé con calculada expresión de pena, aunque también
con espontáneo tono de convicción: ‘Me ahorco, Loreto,
porque...’, y ahí me quedé. Porque justo en ese momento
fue que se me abrió bajo los pies la horrible boca barbuda de esa muerte
en la que, inesperada y vertiginosamente, se me convirtió el viejo asiento
de aneas de aquella maldita y traidora silla que, al final, aunque esto ya
no pudiera verlo yo, consiguió dejarme suspendido de la forma más
estúpida, en aquella posición de balanceo verdaderamente espectacular
y definitiva.
Como es lógico, desde ahí mismo volé para acá de inmediato, y aquí, nada más llegar, por mi oficio de toda la vida de panadero, junto a otros colegas mucho más viejos que yo, además de todos esos expertos fundidores de todo tipo de metal, vidrieros que juran y rejuran no haber roto nunca un plato, herreros de fragua y fuelle sin ningún tipo de escrúpulos, lujuriosos vendedores de pollos asados, pirómanos irredentos y antiguos fogoneros de las máquinas de los últimos trenes a vapor, me destinaron fijo a esta ansiada Sección de Avivadores del Fuego Eterno, la cual usted ahora dirige de forma tan merecida como acertada. Y no es desde luego mi deseo que se interprete todo esto como una queja, que ya sé que usted me podría contestar, con razón, que otros están en este maldito infierno muchísimo peor que yo, pero quiero que me entienda si le manifiesto que yo no puedo..., le iba a decir vivir, ...no puedo continuar por más tiempo con una duda que me corroe y que agranda todavía más si cabe el peso de esta condena. Y éste es precisamente el verdadero motivo que me mueve a escribirle la presente: rogarle a Vd. que me dispense tan sólo un par de horas en las que faltar de aquí de la forma que Vd. estime conveniente, y pueda yo acercarme a mi casa con la única intención de echarle un vistazo a Loreto, porque espero que comprenda de qué manera ardo yo en deseos, y nunca mejor dicho que encontrándonos aquí, de saber cómo se hallará mi mujer a estas alturas en que hace ya más dos meses que salí inesperadamente de casa y, hasta la presente, ella no me ha vuelto a ver más el pelo.
No dudando que si esto está en su mano se le concederá, es gracia que espera recibir de Vd.,
El Avivador 13-13
S.A.F.E.
INFIERNO.
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